Archivos Mensuales: enero 2015

Aritmética amorosa: Aristófanes y la media naranja.

 El mito de la media naranja, según el cual, los seres humanos no nos completamos hasta hallar nuestra mitad, hunde sus raíces en El Banquete de Platón. Aristófanes, narra el mito del Andrógino, según el cual, en el inicio de los tiempos, los seres humanos eran redondos y perfectos. Tal era nuestra perfección, que nos comportábamos de manera arrogante, y los dioses decidieron castigarnos cortándonos por la mitad. A este corte o sección debemos el origen del sexo. Esa conciencia de nuestra vulnerabilidad y debilidad, nos hace entrar en un estado de búsqueda permanente de aquello que nos fue sesgado y seccionado. Anhelamos alcanzar el estado de perfección primigénea, y ese, es el origen del amor.

Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos su mitad y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza, y morían de hambre, por su absoluta inactividad, al no querer hacer nada los unos separados de los otros (….) desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de unos a otros innato en los seres humanos y aglutinador de la antigua naturaleza que trata de hacer un sólo individuo de dos (….) cada uno de nosotros es, por lo tanto, una contraseña de otro, al haber quedado seccionados (….) en consecuencia, el anhelo y la persecución de ese todo recibe el nombre de amor (….) nuestra raza sólo podría llegar a ser feliz si lleváramos a su culminación el amor y cada uno encontrara a su propio amado, retornando a su antigua naturaleza.

Ahora bien, desde mi punto de vista, el mito de la media naranja es una relectura contemporánea y simplista del mito del Andrógino. Se falsea la idea original y se vacía de contenido para servir a la idea del amor romántico y de la pareja heterosexual. Para Aristófanes, el amor, era consecuencia del sexo ( tomos, sección, corte, sexare..), pero para los griegos de la época, en origen eran tres los sexos de los seres humanos: masculino, femenino y andrógino. Aparece aquí, por tanto, la idea de intersexualidad. Así, podríamos afirmar que para Aristófanes, el sexo es lo que permitía una conexión y autoconocimiento profundo de uno mismo, aquello que nos permite tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad y al tiempo, anhelar la fusión con el otro. Ahora bien, en ese anhelo de retornar al estado originario, solemos pasar por alto con demasiada frecuencia ese tercer sexo, que para Aristófanes simboliza la sinergia intersexual.

Si recurrimos a la aritmética amorosa, podríamos decir, que para el mito de la media naranja, la perfección se alcanza con la fusión de dos que son diferentes y complementarios: hombre y mujer presumiblemente heterosexuales. Es decir, bajo esta lógica uno más uno es igual a uno.

Desde una postura, llamémosle mayoraitaria, dentro del ámbito de la sexología, se reclama la idea de una nueva aritmética amorosa donde uno más uno es igual a dos, independientemente del sexo de cada uno de los sujetos. Es el modelo de la naranja entera o interacción. Aquí se nos invita a ver el sexo como un valor, es decir, aceptar que somos diferentes (se insiste mucho en las diferencias biológicas). El buen desarrllo de una relación amorosa depende del manejo por parte de sus integrantes de una especie de comunicación intersexuada.  Es decir, no se habla del sexo en relación a la opresión o a la represión, sino que se incentivan los agentes diferenciadores y se nos invita a aceptar esa diferencia desde el valor, el gozo y la alegría. Mi pregunta es: ¿Y qué hacemos con la desigualdad o inequidad sexual? ¿No es la pareja uno de los espacios privilegiados para la reproducción de la desigualdad estructural histórica entre hombres y mujeres? ¿No están nuestras emociones estructuradas de forma patriarcal? ¿No es ahí donde las diferencias se vuelven insalvables y son cuna de profundos rencores y desencuentros entre los sexos?. Y por otra parte, como decía la teórica feminista de la diferencia sexual, Luce Irigaray: los sexos son dos, no es la fórmula de la respuesta, sino de la interrogación. La diferencia sexual no es, pues, algo dado, no es una premisa, es la cuestión que nos da que pensar y que, de ser pensada, daría lugar a un horizonte de mundos de una fecundidad todavía no advenida.

Propongo una nueva aritmética amorosa que recupere algunas ideas originales del mito del andrógino que son fundamentales para el desarrollo de una sexología feminista. De esta manera, lo único que haría posible el amor, no sería la fusión, ni la complementariedad, ni la percepción de nuestra vulnerabilidad, sino la conciencia de la sinergia intersexual. Es decir, la búsqueda de lo que nos es común, más allá de la genitalidad y de la orientación del deseo. El corte y la separación son el origen de la vida y el desencadenante de los que hoy somos. La conciencia de lo común como sinergia intersexual es aquello que posibilita el amor. Reconocernos como vulnerables nos humaniza, y nos hace anhelar la fusión, pero celebramos el corte, porque es aquello nos da singularidad y nos hace seres únicos e irrepetibles. Este modelo exige a ambos sexos una toma de conciencia de la desigualdad estructural que sufren las mujeres, y del daño que supone para ambos sexos haber recibido una socialización de género diferenciada. Además, exige de un compromiso en la flexibilización de roles y una actitud de solidaridad amorosa. No nos parece demasiado aventurado predecir, que cuando hombres y mujeres puedan crecer en un entorno cultural donde no sean presionados a obedecer al género, otras formas de quererse serán posibles. Traducido al lenguaje aritmético: uno más uno es igual a tres.

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